
Cuando la esperanza está flaqueando, hay que mirar hacia el horizonte de Dios. Hoy en día, el mundo produce un vacío de esperanza, generada por la injusticia, la crueldad, falta de amor, pero la palabra nos dice:
"Pero los que confían en el Señor renovarán sus fuerzas; volarán como las águilas: correrán y no se fatigarán, caminarán y no se cansarán Isaías s 40.31"
Nuestro Dios lleva las cosas hacia una meta de gloria que es nuestra esperanza final. Esta esperanza para el cristiano es real, la tumba de Cristo está vacía y con ello la muerte fue vencida y por tanto tenemos la esperanza de gozar una nueva vida.
San Pablo dice: "Corro hacia la meta con los ojos puestos en el premio de la vocación celestial, quiero decir, de la llamada de Dios en Cristo Jesús".
Esa debe ser nuestra esperanza, correr por un premio, una corana que no se marchita no oxida ni se quiebra, y la compartir el Reino Celestial.
No es que con la esperanza se evitan los problemas, sino que se encuentra la solución a los mismos. Debemos confiar que los problemas no son eternos, que las adversidades se pueden superar con la fe, que se convierte en fuerte abundante de fuerza interior, y nos guiará de caminos escabrosos a caminos parejos, de la oscuridad a la luz y de la debilidad a la fortaleza.
Cuando las cosas no salen como piensas, cuando alguien te desprecie, cuando te sientas solo, cuando te invade la tristeza, no es que eres lo peor, sino que lo mejor está por llegar a tu vida y que una gran oportunidad toca la puerta de vida.
San Agustín nos dice que, aunque no hubiese cielo que esperar ni infierno que temer, no por eso dejaría de amar a Dios, por ser infinitamente amable; sin embargo, Dios, para que nos animemos a seguirle y a amarle sobre todas las cosas, nos promete una recompensa eterna.
Esa es nuestra esperanza, la recompensa prometida, una promesa que no dudamos es realidad.
En su mensaje a los participantes del segundo Kirchentag, encuentro ecuménico en Munich, Alemania, que se celebró del 12 al 16 de mayo, el Papa Benedicto XVI resaltó que la Iglesia es efectivamente un lugar de esperanza y nada ni nadie puede oscurecer o destruir esto, ni siquiera los ataques que sufren los cristianos en la cultura actual".
Nuestra iglesia es el medio para encontrar la fuente de la esperanza que está en Dios que solo puede amar y que nos busca incansablemente.
Queridos hermanos y hermanas:
La Eucaristía es esencialmente una comida. La comida en todas las culturas tiene un gran simbolismo: comer juntos, comer en la mesa, es uno de los signos más fuertes de amistad. En tiempos de Jesús compartir la mesa significaba solidarizarse con los comensales. Por eso, si queremos comprender el significado habrá que poner atención a las comidas de Jesús.
Jesús es duramente criticado porque no cumple con las normas rituales y religiosas que la ley ordena (Mc 2, 18; 7, 2-8), y sobre todo, porque come con los “pecadores y cobradores de impuestos” (Mc 2, 16-17). Las críticas llegan al extremo de acusar a Jesús de “comilón y bebedor” (Mt 11, 18-19). De tal manera que las comidas de Jesús se convierten en un gesto profético de denuncia contra aquéllos que en nombre de la ley excluyen y pisotean la dignidad de las personas de su tiempo. Pero hay más, Jesús come con los que más sufren, se compadece de la muchedumbre que tiene hambre y, aunque sus discípulos le dicen que despida a la gente, él realiza el milagro de los panes y los peces (Lc 9, 10-17). De manera que las comidas de Jesús son la expresión de la solidaridad con los pobres de la humanidad y son también expresión de la denuncia de un sistema que condena al pueblo al hambre y la muerte. Basta para ello leer la parábola de Lázaro y el rico (Lc 16, 19-31).
De todo esto podemos sacar una conclusión importante. La Eucaristía es compartir la vida y solidarizarse con los más pobres y desamparados de este mundo. Esto lo entendieron muy bien las primeras comunidades cristianas. En Hechos 2, 42-47 tenemos una síntesis de cómo vivían los primeros cristianos el sacramento de la Eucaristía. Allí se nos cuenta que “partían el pan el pan en sus casas”. Entonces la Eucaristía recibía el nombre de “fracción del pan” (Hch 2, 42), porque este es el signo que Jesús realizó con sus discípulos en la última cena. Pero no sólo partían el pan, las primeras comunidades después de “partir el pan”, sacan las consecuencias prácticas para la vida, por eso el texto añade: “Los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común” (Hch 2, 44) y más adelante insiste: “En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo, lo poseían todo en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía” (Hch 4, 32).
Ahora bien, como en la Eucaristía la comida es Jesús mismo, de ahí se sigue que la Eucaristía es el sacramento en que la comunidad cristiana se compromete a compartir la misma vida que llevó Jesús. Esto lo dice muy claramente el evangelio de Juan. Donde los otros sacramentos narran la institución de la Eucaristía, Juan ubica el lavatorio de los pies (Jn 13, 1-15) y el mandamiento del amor: “Les doy un mandamiento nuevo que se amen los unos a los otros como yo les he amado, en esto conocerán que son mis discípulos” (Jn 13, 34s). De manera que la señal que identifica a los seguidores de Jesús es el amor, y no cualquier amor, sino un amor como el de Jesús, un amor que se entrega totalmente por la liberación y la redención de la humanidad.
Jesús primero lo enseña mediante el gesto del lavatorio de los pies y luego con la declaración solemne del mandamiento del amor. Con estas palabras Juan explica el sentido profundo que tiene la Eucaristía, es decir, la identificación de vida con Jesús. La experiencia fundamental que se expresa en este sacramento es el amor. De tal manera que donde no hay amor y vida compartida, la Eucaristía no tiene sentido para nuestras vidas. Un cristiano que se alimenta de la comunión eucarística, es decir, que se une profundamente al Señor, ¿cómo puede vivir en el egoísmo, ajeno al sufrimiento de los demás, idólatra de sí mismo, del poder y del dinero? Hermanos, reflexionemos en el sentido profundo de la Eucaristía para nuestras vidas; no podemos comulgar y ser idólatras.
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos la solemnidad de Pentecostés, el nacimiento de la Iglesia, nuestra Madre, y como buenos hijos e hijas alegrémonos con la alegría de un hogar que celebra el cumpleaños de la reina del hogar.
Pentecostés era una fiesta judía que tenía lugar cincuenta días después de Pascua y en ella se celebraba la alianza con Dios en el Sinaí. Muchos judíos iban en peregrinación a Jerusalén a realizarla y fortalecer su esperanza en la promesa divina de que Israel sería para siempre el pueblo de Dios (Ex 19, 1-8). El día de Pentecostés, después de la Pascua de Jesús, Dios renovó su alianza de una manera especial: envió al Espíritu Santo para que pudieran continuar la misión de Jesús. Pentecostés significó una gran experiencia para los Apóstoles, un momento histórico que los impulsó a la evangelización y los selló para consolidarse más profundamente con el Señor. Por eso, la misión siempre nace como un llamado del Espíritu Santo y es ratificada por la comunidad (Cfr. Hch 2, 1-13; 13, 4-12)
Ahora bien, Pentecostés no es cosa del pasado. Nosotros, los creyentes de hoy, vivimos y celebramos la acción del Espíritu entre nosotros, el pueblo de Dios, la Iglesia. Nuestro país necesita de un perenne Pentecostés y nuestra Iglesia hondureña necesita constantemente la presencia del Espíritu para que siga siendo buena noticia en medio de estas realidades. Nos enfrentamos ante situaciones difíciles y conflictivas que denotan la pérdida de los valores más fundamentales de nuestra sociedad. Cuando nos acercamos a los medios de comunicación vemos a nuestro país inmerso en una ola de delincuencia, violencia, injusticia e individualismo que merma unas relaciones pacíficas entre todos los hondureños. Necesitamos oír la voz del Espíritu que aliente nuestra vida, nos devuelva la esperanza y transforme nuestros corazones. Sólo cuando dejemos que el “huracán de Pentecostés”, es decir, la fuerza del Espíritu del Señor entre en nosotros y en nuestra sociedad se transformará esta realidad de muerte, estas estructuras de pecado que van deteriorando la armonía con Dios y con los hermanos.
Hermanos, quiero recordarles que estamos celebrando esta fiesta del Espíritu que renueva el mundo y que nuestra Patria no debe desesperar, que en este día en que se abren las puertas del cielo para enviarnos ese soplo de Dios, le abramos el corazón a la esperanza y cada uno de nosotros, sea un colaborador de Dios para ser artífice de paz, de amor, de justicia.
Cuando recibimos los sacramentos del Bautismo y la Confirmación somos ungidos con aceite como signo de que el Espíritu Santo nos fortalece y nos sella para proclamar la Buena Nueva del reino de Dios, así como lo hicieron los Apóstoles. Piensa en lo grandioso que es tener el Espíritu de Dios en ti, el amor que puede generar en ti, el poder que te da para hacer el bien. En este tiempo, medita un poco sobre esto y deja que el Espíritu Santo dirija tu vida.
¡Oh, Señor, envía tu Espíritu que renueva la faz de la tierra!
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